El último descendiente de Moctezuma

El último descendiente de Moctezuma

Una historia llena de misterios envuelven la vida y destino incierto de la princesa Xipaguazin, pues se desconoce si fue entregada por su padre, el emperador Moctezuma para congraciarse con los conquistadores, o si fue raptada por un español que participó en la conquista de México junto a Hernán Cortés. Lo cierto es que la princesa salió de México rumbo a España y a raíz de su exilio comienza a construirse la historia del último descendiente de Moctezuma.

A continuación leerás la historia sobre este personaje cuya vida se desarrolla en la época moderna y que luego de una serie de problemas huye de España buscando un destino acorde con sus orígenes aztecas que lo hacen refugiarse en el pueblo de Motzorongo.

 

La princesa Xipaguazin Moctezuma.

Princesa Xipaguazin

La Princesa Xipaguazin

Xipaguazin, cuyo nombre significa La hija de la primera estrella de la tarde era una bella mujer que pertenecía a la realeza azteca por ser hija del emperador Moctezuma II. Su vida toma un giro radical durante los años de la conquista española cuando llegó a México don Juan de Grau barón de Toloríu, un español que había pasado 2 años en Cuba tratando de hacer fortuna y quien llegando a México se enamoró de ella, los investigadores presentan diversas versiones si la princesa fue entregada por Moctezuma para casarse con el español o si éste simplemente se la robó.

Don Juan de Grau, tras casarse rebautiza a la princesa como María Moctezuma y parten rumbo a España para vivir juntos. A su camino a Veracruz pasan por la ruta de Motzorongo con destino al castillo de Toloríu en el Pirineo de Lérida, al noreste de aquel país. Xipaguazin no viajó sola, llegó acompañada de dos hermanos suyos y de su séquito personal, que llegaron a vivir a la Casa Vima. La princesa y los suyos eran un extravagante grupo de criaturas vestidas de forma extraña que hablaban una lengua inexpugnable, parecían una tribu llegada a Cataluña de otro planeta, todo un elenco que había llegado de ultramar en ese año de 1520 y que eran observados en silencio por los 53 habitantes que tenía Toloríu. En ese mismo lugar es donde muere Xipaguazin en 1537 tras complicaciones en el parto de su hijo Juan Pedro de Grau y Moctezuma, barón de Toloríu y emperador legítimo de México.

Tras la muerte de la princesa se dice había enterrado en Casa Vima los tesoros entregados por su padre Moctezuma II antes del viaje, pues según constaba que en la casona donde vivía la princesa prestaban dinero y hacían operaciones mercantiles con unas extrañas monedas de oro extranjeras. Esta leyenda se pasó de generación en generación llegando al extremo que en el año de 1936 su tumba fue ultrajada y destruida; y Casa Vima comprada por unos alemanes cazadores de tesoros.

 

El misterioso mural de la Agencia Municipal.

En realidad se sabe muy poco sobre aquel episodio que relata el viaje que hizo de regreso a España el barón de Toloríu con su mujer, un viaje que debió tener sus accidentes y que culminaría en la Villa Rica de la Vera Cruz, donde embarcarían.

Convento de Huejotzingo

Convento de Huejotzingo

Lo que sí se sabe es que el paso de la hija de Moctezuma en su ruta hacia el mar fue despertando todo tipo de pasiones, y se sabe gracias a dos obras pictóricas que narran el suceso.

En una pequeña iglesia de Huejotzingo, Puebla, hay una pintura del siglo XIX que plasma lo que se contaba en ese pueblo desde el siglo XVI sobre la aparición de la hija del emperador, que pasaba con un ejército de soldados españoles, algunos montando a caballo y otros andando con sus pesadas armaduras, seguidos por el séquito de la princesa, y detrás más soldados y al final un hombre adusto, de barba y con porte nobles, que es don Juan de Grau sin duda alguna. La princesa no puede verse en la pintura porque el artista optó por que el poder emanara de su ausencia del sitio donde se sabe que va, aunque no pueda verse.

La princesa no se ve en el cuadro de Huejotzingo, pero sí puede verse en una pintura mural que hizo un ayudante de Diego Rivera y que permanece hasta hoy en una de las paredes de la Agencia Municipal de Motzorongo. El pintor se llamaba Marco Tulio De la Concha, o solo De la Concha, como era conocido por la firma que ponía en la esquina superior izquierda de sus obras. De la Concha era un joven provinciano que llegó al D.F. en 1929 a buscarse la vida, y que terminó estudiando pintura en la academia que años más tarde se llamaría La Esmeralda. Ahí poco a poco, y gracias a su notable talento fue ganándose un sitio en la estima de sus maestros. Un día Diego Rivera pidió al director de la academia que le recomendaran un alumno para que le sirviera de asistente, así fue como recomendaron a De la Concha, que era el mejor. Quince días más tarde ya estaba el pintor en Motzorongo subido en un andaminio, codo a codo con el maestro y a partir de entonces De la Concha puso su talento a servicio de Rivera, colaboró con él en la confección de varias obras monumentales. La aventura de aquellos murales terminó de manera abrupta y De la Concha regresó a Motzorongo con el dinero suficiente para vivir varias décadas sin dar golpe. Las últimas décadas de su vida las invirtió en ingerir todo lo que no se había bebido, y en hacer papelones por las cantinas y las calles de Motzorongo.

En esa época oscura, llena de delirios de grandeza y profundas alucinaciones etílicas, fue que De la Concha pintó El secuestro de la hija de Moctezuma, ese mural que se conserva en una pared de la Agencia Municipal de Motzorongo. La obra alude, naturalmente, al viaje de Xipaguazin hacia el barco que la llevaría a España. Don Feliciano Rey, cronista de Motzorongo, cuenta que De la Concha no hizo más que traducir en imágenes lo que se cuenta en el pueblo desde el siglo XIX, es decir, que se trata de una pintura basada estrictamente en la tradicional oral y que cuenta el paso de la hija de Moctezuma por Motzorongo. En el centro de la pintura mural está la princesa Xipaguazin; es de noche y se le ve sentada frente a una fogata, va vestida de blanco y tiene las manos atadas a la espalda, con una cuerda de trazo y volumen hiperrealista; se ve que el artista tenía la intención de resaltar el hecho, de sobredimensionarlo, de obligar al espectador a preguntarse ¿qué hace esta mujer tan frágil y tan bella atada de esa forma? En el cuadrante izquierdo pueden verse a unos soldados españoles departiendo, con unas copas de hierro en la mano; sobre una piedra descansa el porrón de vino casi vacío. Frente a la princesa, alumbrado por fuego, se encuentra un hombre bardado y pensativo que es, sin duda, don Juan de Grau. El hombre mira a la princesa mientras juguetea, o eso parece, con su copa metálica entre las manos. En el cuadrante derecho está el séquito de la princesa, una multitud de personajes indígenas entre los que destaca una especie de chamán o hechicero que es seguramente el curandero de Xipaguazin, que mira, con un odio y una rabia que ponen la piel de gallina, al barón de Taloríu. Las miradas de todo el séquito se dirigen al hechicero y la mirada de éste a don Juan de Grau; da la impresión de que son guiados por el hechicero y conspiran para atentar contra el barón. Llama la atención que ninguno de los miembros del séquito está atado, quizá por la evidente superioridad de los soldados españoles, que pueden acabar con un motín de un solo tiro de arcabuz. ¿Por qué está atada la princesa? ¿Hizo en el camino algo que molestó al barón? ¿Temía que se escapara? Quizá atarle las manos a la espalda fue la manera que encontró De la Concha de ilustrar el secuestro.

 

El príncipe Federico de Grau-Moctezuma.

Su Alteza Imperial Príncipe Federico de Grau Moctezuma había nacido en Barcelona, era un hombre de más de setenta años y era el último descendiente de la princesa Xipaguazin, su ilustre ancestro que habría sido la primera mexicana en montar a caballo. Aquel príncipe se limitaba a presentar la memoria de la familia, que en realidad era la memoria de su antepasada, la princesa Xipaguazin, cuyo archivo había sido recuperado de aquel robo de la iglesia de Grau Moctezuma en 1936 y que misteriosamente había llegado a sus manos.

Casa Vima

Casa Vima en la actualidad

El príncipe, que en aquellos años vivía en el palacete de los Grau en Barcelona, había encontrado en ese archivo los elementos, la coartada que necesitaba para emprender el negocio que lo confirmó como una celebridad y que, con el tiempo, lo llevaría al exilio y a la ruina. Se enorgullecía de contar cómo durante los años sesenta estaba en boca de las familias más distinguidas de España cuando ya se acercaba a la cúspide de su fama y celebridad. A él lo que le interesaba era parte imperial de su linaje, la que lo definía como miembro de la realeza azteca, la del emperador y no la del baroncito, que, bien mirado, es una dolorosa vulgaridad.

Su Alteza Imperial era un hombre muy listo que aprovechando su linaje se inventó la Soberana e Imperial Orden de la Corona Azteca. Esta orden logró insertarse con mucho éxito en la nobleza española de los años sesenta. Ya en 1963 era un joven perfumado de la alta burguesía de Barcelona.

Sería en una época de crisis cuando Su Alteza Imperial empezó a vislumbrar un proyecto que le permitiría salir de los apuros económicos que lo acuciaban entonces; debía dinero a toda la burguesía barcelonesa y su palacete había sido embargado por el banco aunque el director, como había sido amigo de su padre, le permitía seguir viviendo ahí. Así que, comenzó a vender condecoraciones y títulos nobiliarios, su idea fue un éxito durante un lustro completo, de 1965 a 1970, vendió 143 títulos nobiliarios, con su parafernalia simbólica, su medalla, su báculo y unas ampulosas escrituras donde Su Alteza estampaba su firma, con el apellido Grau modestamente situado al lado de un Moctezuma aparatosamente destacado, era todo un embaucador que comenzó a hacerse rico al hacer mercadeo con la imagen azteca en la Barcelona franquista de los años sesenta. Luego de esta serie de estafas la justicia española comienza su búsqueda pero misteriosamente tras todo ello desapareció y ya no se supo más de él, quizás alguna de las organizaciones secretas a las que pertenecía lo rescató.

La historia retoma conexión con México cuando hace algunos años un investigador tratando de hallar el paradero del último descendiente de Moctezuma encuentra un archivo impreso en el Ayuntamiento de Barcelona y descubre que el príncipe ya está viejo y vive desde hace casi cuarenta años fuera del país. En las páginas de aquel documento aparecía la frondosa historia delictiva del último descendiente vivo del barón de Toloríu y de la princesa Xipaguazin Moctezuma. Al final había una fotocopia de la ficha que le había hecho la Guardia Civil; era un documento borroso, rellenado a máquina de escribir, que contenía fecha de nacimiento, altura, peso y características físicas, y una fotografía hecha en los últimos días que el príncipe había pasado en España, y debajo, en una anotación hecha a mano con bolígrafo, una dirección, una calle y un número en el pueblo mexicano de Motzorongo, Veracruz.

 

El último descendiente de Moctezuma que vivió en Motzorongo.

El 4 de septiembre de 1976, a las 18:15 horas, llegó a su Alteza Imperial a la Ciudad de México, en el vuelo BR711 de la British Caledonian, que provenía de Londres. Su Alteza había sacado una capa de la maleta y se la había puesto, para presentarse debidamente caracterizado ante sus pares mexicanos.

Guillermo Grau Rifé

Guillermo Grau Rifé

Los primeros quince días en México habían bastado para llevar a Su Alteza a la bancarrota sentimental y pasear su tristeza por las cantinas del barrio, sitios de mala muerte que nada tenían que ver con las sofisticadas barras de las que era cliente en Barcelona, ya no digamos en Londres. El Agente Municipal de Motzorongo, el licenciado Constantino Guzmán recibió a Su Alteza Imperial con un bombo al que ya se había desacostumbrado, y pensaba que nunca más volvería a experimentar. Sostuvieron una larga plática en la agencia y después, en el momento del aperitivo, con aguardiente de caña y marimbas y jaranas regionales, luego de saludar y de recibir la admiración y los parabienes de las autoridades locales, el licenciado Guzmán llevó al príncipe ante el mural El secuestro de la hija de Moctezuma y ahí frente al mural el mismo pintor De la Concha, que acababa de ser presentado a Su Alteza, explicó la narrativa de su obra, nombrando a Xipaguazin en todas sus letras, y, de manera seguramente involuntaria, a medida que explicaba iba también reordenando las cosmogonía de ese hombre que venía de España y que estaba íntima e indisolublemente ligado a los personajes de su pintura y que cada vez que De la Concha hacía referencia a la hija de Moctezuma, o a don Juan de Grau, miraba con devoción a Su Alteza, porque no podían creer que ese hombre llegado de ultramar fuera el heredero directo, el producto de dos antagónicos de la famosa pintura, y aquella admiración súbita e inesperada situó inmediatamente al príncipe en una nueva dimensión, a las puertas de su renacimiento, que, hasta su llegada a Motzorongo, le parecía imposible, y poco a poco, mientras oía la explicación del pintor De la Concha, fue quedándole claro que, por extravagante que pareciera, el único lugar donde podía recuperar su nobleza, donde podía convertirse en el príncipe que había sido, era ahí mismo, en Motzorongo.

 

La nueva obra de Jordi Soler.

La historia que acabas de leer no es más que la nueva obra del escritor Jordi Soler titulada “Ese príncipe que fui” bajo editorial Alfaguara, donde, relata la vida del último descendiente de Moctezuma de la vida real, Guillermo Grau Rifé (en la novela llamado Federico de Grau-Moctezuma), un embaucador que en siglo pasado explotó su linaje para vender títulos y condecoraciones hasta que desapareció buscado por la policía y que sitúa su protagonista en el pueblo de Motzorongo, lugar al que huyó.

Portada del libro

Portada del libro

Sin duda una novela altamente recomendable que mezcla a la perfección la realidad y la ficción, y que, si no se vive en Motzorongo, jamás se podrá discernir cuáles son los datos verdaderos y los que inventó el autor. Por ejemplo, el nombre del agente municipal de Motzorongo y del cronista fueron inventados, así como —desafortunadamente— el famoso mural que relata la historia en la agencia municipal también es parte de la imaginación de Soler.

Lo que sí queda perfectamente documentado es la leyenda y misterios sobre la vida de la princesa Xipaguazin y su paso por Motzorongo, además la historia de vida de Guillermo Grau Rifé, reconocido como el último descendiente de Moctezuma.

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