Adiós, General Pacheco

Ayer a las siete de la noche falleció en Córdoba el General de División Carlos Pacheco. Tuvo una muerte militar; expiró en un campamento donde no había pabellones de fusiles, sino rieles hacinados y herramienta dispersada; no murió al pie del cañón, pero sí sobre el primer riel de su ferrocarril agrícola.

Hace pocos días y sobre la vía férrea que conduce de Córdoba a Motzorongo, se veía un jacal junto a una mala casa de madera; el jonuco de un guardavía dentro, un sillón, un catre de madera, dos sillas y un hombre descarnado, con ojos brillantes y terriblemente expoliado por la tuberculosis; aquel ser humano se despedía de la vida como un verdadero simple mortal, era el notable exministro, mutilado de guerra y herido en plena paz por una enfermedad hereditaria.

El General Pacheco murió recalentado por el sol tropical que hacía surgir el ramio siete veces al año sobre la negra tierra de Motzorongo; murió mirando la superficie brillante del hongo de sus rieles; su única mano había autorizado que en nuestro suelo se clavasen cuatro millones; murió mirando la planchuela oxidada, el durmiente podrido por la intemperie, los furgones vacíos reposando en el escape; murió mirando las banderas verdes señalando precaución para no ser arrollado por una de sus locomotoras; murió, pues como había vivido, frente a frente del progreso, encarado con la civilización, enérgico para perseguirla, indiferente ante la roedura del bacilo como ante la metralla de Puebla; murió haciendo una última atención al General Díaz: dejó pasar el día onomástico de su gran amigo, evitando hasta donde le fue posible desplomar su cadáver sobre la felicitación nacional al Supremo Magistrado; pero ya al oscurecer se rindió la última fortaleza; su espíritu, siempre poderoso, no pudo más, y después de haber visto por última vez las paralelas que forman los rieles del Mexicano extendiéndose en ambos sentidos hasta el mar, en el Golfo y en el Canadá, cerró los ojos para ver la nada.

El hombre de Estado de más carácter y de espíritu más noble que tenía México, había muerto. Entretanto la masa anónima que se llama la Nación, se divertía sin sentir, ni darse cuenta de haber perdido en un rincón de la tierra caliente al patriota que pasa la segunda independencia dio su sangre, para la paz todas sus fuerzas, para nuestro progreso todos sus pensamientos.

El General Pacheco era una persona que brillaba en lo privado, como en lo público. Su casa suntuosa tenía abiertas las puertas para todo el mundo; jamás el orgullo le hizo desconocer a un amigo pobre, a un viejo compañero de armas en la desgracia; por muy alto que estuviese colocado, su vista alcanzaba a distinguir al gusanillo bajo las plumas del pavo o entre las garras del tigre. El General Pacheco era el mejor amigo de sus enemigos y el incansable favorecedor de sus amigos. Para los creyentes afligidos, desesperados, hundidos en la más profunda desgracia, cuando no eran escuchados por Dios, sabían que oía el General Pacheco; para sus amigos ateos, el general se improvisaba providencia para sacarlos de apuros. Era valiente hasta la temeridad y no tenía más miedo que el de lastimar a alguno injustamente; jamás perdía una gran idea, pero siempre olvidaba las injurias; era tenaz para llevar a cabo un proyecto y muy débil para conservar la cólera.

Cuando redoblen los tambores de la División que debe acompañar su entierro, no sofocarán el murmullo de ningún odio; al contrario, de la muchedumbre saldrá esa especie de silencio respetuoso que susurra admiración y afecto.

La mitad del cuerpo del General Pacheco fue enterrado en Puebla el 3 de abril de 1867; dentro de dos días sus compañeros de armas enterrarán la otra mitad, la que contenía un gran espíritu, la que reclama la historia y por la que lloran sus amigos.

Enviamos nuestro pésame al Señor Presidente, por la muerte del más leal, del más útil y del mejor de sus amigos.

 

Fuente:

Nota íntegra de la redacción del periódico “El siglo diez y nueve” fundado por Ignacio Cumplido. Novena Época. Año 50. Tomo 100. Número 16, 104. Miércoles 16 de Septiembre de 1891.